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Lenguaje corporal y mentiras: qué dicen los casos y los estudios

Miradas, gestos y sospechas: los casos Watts, Deskovic y Tankleff, la investigación sobre los ojos y los errores al juzgar una entrevista.

TrueCrime.today Editorial10 min de lectura
Sala de entrevistas imaginaria, vacía, con una mesa, una cámara y un cuaderno TrueCrime.today.

TL;DR

Un gesto aislado no permite saber con fiabilidad si alguien miente. Observar una conducta puede sugerir una pregunta o una comprobación. Para decidir qué ocurrió hacen falta pruebas que puedan confirmar o contradecir el relato. Los casos reales muestran tanto observaciones útiles como sospechas equivocadas; los experimentos sobre la mirada, además, no estudian todos la misma cosa.

¿Qué dato cambió realmente el caso?

Imagina que ves un interrogatorio con comentarios encima. Alguien baja la vista y el narrador anuncia que acaba de descubrir una mentira. Después aparece una confesión y el montaje parece demostrar que tenía razón. Falta saber cuánto conocía del caso al interpretar el gesto y qué pasó con todas las personas sinceras que también miraron hacia abajo.

Para detectar mentiras, acertar una vez no demuestra que el criterio funcione. Puedes sospechar correctamente de una persona por una razón equivocada. También puedes observar un cambio real y atribuirle una causa que nada tiene que ver con lo sucedido.

Por eso conviene seguir el dato concreto: qué vio alguien, qué dedujo y qué comprobación vino después. Esa separación cambia bastante la lectura de los vídeos más conocidos. También permite reconocer el trabajo útil de una investigación sin adjudicarle poderes que los resultados no demuestran.

Watts: dos cámaras que cuentan cosas distintas

En agosto de 2018 desaparecieron en Colorado Shanann Watts y sus hijas Bella y Celeste. Una cámara policial registró a Chris Watts mientras un vecino mostraba sus imágenes de vigilancia. Ahora sabemos que Watts las asesinó, y ese conocimiento hace que cualquier reacción parezca transparente.

El vídeo publicado por 9NEWS procede de los materiales divulgados por la fiscalía. Puedes ver una interacción real, aunque no escuchar los pensamientos de quienes aparecen. Una cosa es observar cómo reacciona Watts y otra identificar con certeza qué provoca cada movimiento.

La otra cámara aporta información distinta. Según la declaración policial para el arresto, mostraba la camioneta retrocediendo hacia la entrada alrededor de las 5:27 de la mañana. Eso ayuda a situar una acción en el tiempo. La grabación de una reacción no establece por sí sola qué ocurrió dentro de la vivienda ni todo lo que se transportó.

La investigación reunió declaraciones, recuperó los cuerpos y examinó escenas y materiales. Watts se declaró culpable en noviembre de 2018. Esos hechos explican por qué el caso pudo avanzar más allá de una impresión. La inquietud que alguien detectó podía merecer atención; seguía necesitando comprobación.

Deskovic: sospechar de alguien por su dolor

Jeffrey Deskovic tenía 16 años cuando la policía investigaba el asesinato de su compañera Angela Correa en Nueva York, en 1989. El relato del Innocence Project sobre Deskovic recoge que su aparente exceso de aflicción contribuyó a que resultara sospechoso. También intentaba ayudar a investigar.

Tras interrogatorios prolongados y sesiones de polígrafo sin la presencia de un progenitor o abogado, confesó. El análisis de ADN practicado antes del juicio lo excluyó como origen del semen recuperado. Aun así, la acusación continuó y fue condenado en 1990. En 2006, nuevas pruebas y la comparación con una base de datos identificaron a Steven Cunningham. Deskovic salió de prisión en septiembre y las acusaciones se retiraron en noviembre.

Lo importante para evaluar aquella primera impresión es que ya existía un resultado incompatible con una parte central de la versión acusatoria. No bastaba con afirmar que el adolescente parecía demasiado afectado. Había que explicar las pruebas y someter la confesión a un examen serio.

Tampoco sería correcto reducir años de decisiones a un gesto mal leído. Hubo interrogatorios y decisiones sobre evidencia forense. El caso permite ver cómo una impresión sobre la persona puede convivir con información que debería obligar a replantear la historia.

Tankleff y los ojos que parecían revelar demasiado

En el caso de Martin Tankleff sí quedó registrada una interpretación específica de los ojos. Tras el ataque a sus padres en 1988, un agente relató que abrió mucho los ojos y dejó de hablar al saber que su padre seguía vivo. Otros policías lo describieron como demasiado tranquilo. Estas versiones aparecen en el informe de una comisión de Nueva York publicado en 2008.

Durante el interrogatorio, un detective le dijo falsamente al joven de 17 años que su padre lo había identificado como agresor. La confesión posterior tuvo un papel central en el juicio. En diciembre de 2007, un tribunal de apelación anuló las condenas por nuevas pruebas y ordenó otro juicio. Las acusaciones se retiraron en 2008.

Hay una diferencia que una narración cómoda podría borrar: la comisión defendió los procedimientos policiales y no encontró coacción; el tribunal concedió la revisión por nuevas pruebas. No existe aquí una admisión oficial de que una técnica ocular causara por sí sola la condena. Tampoco existe una validación científica de aquella interpretación.

Al analizar un caso de true crime, puedes conservar la observación sin aceptar su explicación. Saber que tu padre sigue vivo podría provocar sorpresa por distintas razones. La descripción del agente no permite escoger una causa con la seguridad de un experimento controlado.

Deskovic, Tankleff y Watts: la impresión sobre una reacción se distingue del ADN, las nuevas pruebas y los hallazgos que permitieron comprobar hechos.

Observar una conducta sí puede llevar a una prueba

En el caso Terry v. Ohio, resuelto por el Tribunal Supremo estadounidense en 1968, un detective observó a dos hombres recorrer repetidamente una calle, mirar un escaparate y reunirse para hablar. Sospechó que preparaban un robo. La posterior palpación de la ropa permitió encontrar armas ocultas.

Aquí había acciones relacionadas con un lugar y una posible actividad. Después apareció un objeto que podía examinarse. No fue necesario inferir una mentira a partir de una mirada durante una entrevista. La condena de Terry se refería al porte de un arma oculta; el supuesto plan de robo no quedó demostrado por una expresión facial.

La decisión judicial avaló aquella intervención limitada en sus circunstancias. Una resolución sobre la legalidad de una actuación policial no equivale a medir la precisión de un método psicológico. Si alguien cita este ejemplo para defender un diccionario universal de gestos, está dando un paso que el caso no demuestra.

¿Apartar la mirada significa mentir?

La respuesta depende de qué se haya medido. En un metaanálisis de Sporer y Schwandt de 2007, se examinaron 11 categorías de conducta visible. Tres presentaron asociaciones globales consistentes al ponderar los resultados por el tamaño de las muestras: al mentir disminuían los movimientos de manos, piernas y pies, y los asentimientos. No apareció una relación general con evitar el contacto visual.

Un experimento de 2024, de Li y colaboradores, encontró otra pauta en una tarea concreta. Distribuyó a 50 adultos en China, no estudiantes, entre 25 entrevistas sinceras y 25 engañosas sobre un robo de cartera simulado. En el segundo grupo duraba más la evitación de la mirada y había más contactos de las manos con el propio cuerpo.

El resultado favorable merece explicarse junto con sus límites. Una diferencia entre grupos no da automáticamente la probabilidad de que esta persona esté mintiendo. Tampoco describe una característica de toda una nacionalidad. La tarea, las instrucciones y la forma de contar los movimientos forman parte del resultado.

Tres pruebas para una regla sobre los ojos

La propuesta de que mirar hacia un lado revela invención y hacia el otro recuerdo se puso a prueba en el estudio de Wiseman y colaboradores de 2012. Hubo tres aproximaciones: 32 participantes diestros en entrevistas verdaderas y falsas, 50 observadores con o sin una breve instrucción y 52 llamamientos públicos cuya veracidad se contrastó con información de los casos.

Los resultados no respaldaron la dirección propuesta ni una ventaja de la instrucción. Eso limita una afirmación concreta, no toda la investigación sobre los ojos. Tampoco basta con invertir la regla y declarar que ahora el lado contrario identifica el engaño.

Los tres estudios de 2012 compararon entrevistas, observadores y llamamientos públicos. Ninguno respaldó la pauta propuesta de dirección ocular.

En Tankleff se describió la apertura de los ojos, mientras que esta regla habla de dirección. Son medidas distintas. Antes de discutir qué significa una señal, necesitas comprobar que el estudio citado examinó realmente esa señal.

Reconocer una cara y explicar por qué la conoces

La revisión española de Jaume Masip publicada en Psicothema en 2017 sitúa la detección del engaño en un campo más amplio que la postura. Incluye procedimientos de entrevista y el análisis de lo que se cuenta. Ese contexto ayuda a entender por qué mirar un vídeo no reproduce todas las condiciones de una investigación.

En los experimentos de Millen y colaboradores de 2020, un equipo de seguimiento ocular midió cómo se observaban imágenes familiares y desconocidas bajo instrucciones controladas. El número y duración de las fijaciones y los retornos a ciertas zonas aportaban información relacionada con el reconocimiento. No se trataba de adivinar el recuerdo siguiendo un giro de cabeza en una grabación corriente.

Incluso un reconocimiento correctamente detectado deja abierta la causa. Puedes conocer una cara por haberla visto en noticias, en el trabajo o en otra circunstancia inocente. Reconocer, ocultar ese reconocimiento y participar en un delito requieren comprobaciones diferentes.

Cuando recordar con sinceridad produce errores

Un estudio de 2025 examinó 680 afirmaciones verificables dentro de 36 vídeos seleccionados de testigos de un suceso simulado. Había 479 afirmaciones correctas y 201 incorrectas. Los indicadores no verbales medidos no predijeron la exactitud ni las valoraciones de credibilidad.

Aquellas personas intentaban recordar con sinceridad. Por tanto, una respuesta errónea no era una mentira asignada por los investigadores. Además, las 680 afirmaciones procedían de las mismas 36 entrevistas, no de 680 personas independientes.

Si alguien vacila al decir una hora, necesitas comprobar la hora. Su seguridad puede ser sincera y equivocada; su duda puede acompañar un recuerdo correcto. La incomodidad no resuelve esa distinción.

Por qué los gestos no se pueden sumar sin más

Tocar una manga, girarse y cambiar de postura pueden ser tres partes de una sola respuesta a la incomodidad. Contarlas como tres confirmaciones independientes exagera la información. Para combinarlas haría falta probar una regla de combinación y contar también los errores.

Comparar a una persona consigo misma tampoco permite atribuir automáticamente el cambio al engaño. Al pasar de hablar del tráfico a una acusación cambian la pregunta, la emoción y las consecuencias. Si todo cambia a la vez, la diferencia observada admite varias explicaciones.

El encuadre introduce otra dificultad: quien parece evitar la cámara puede estar mirando al entrevistador, situado al lado. Un corte puede separar la reacción de la pregunta que la provocó. Recuperar esa secuencia mejora la descripción sin revelar por sí mismo la intención.

Una entrega, un horario y una respuesta que falta

En este ejemplo inventado preguntas si una caja se entregó antes de cerrar. La respuesta es: «El repartidor suele llegar a las cuatro». Mientras habla, la persona baja la mirada y se frota una mano. La respuesta describe una costumbre y deja sin resolver aquella entrega concreta.

Puedes preguntar quién vio llegar al repartidor y qué registro se conserva. Incluso una lectura del código de barras necesita contexto: ¿marcaba una etiqueta preparada o la entrega física? Cada fuente ayuda con una pregunta delimitada.

Si la hora resulta incorrecta, queda por distinguir una suposición, un error de memoria y una mentira deliberada. Para avanzar necesitas datos sobre lo que la persona sabía. El movimiento de la mano no determina ninguna de esas tres opciones.

Un programa de seguridad también necesita pruebas

En 2017, la agencia estadounidense GAO revisó los indicadores de conducta usados por la seguridad aeroportuaria TSA. No encontró respaldo válido para 28 de 36 indicadores revisados. Entre los ejemplos figuraban los movimientos al tragar y la apertura de los ojos.

La cifra cuenta indicadores sin respaldo suficiente, no pasajeros juzgados incorrectamente. Describe aquel programa y aquella revisión histórica, no las instrucciones actuales de los aeropuertos. Su utilidad está en recordar que una práctica extendida sigue necesitando evidencia aplicable a lo que pretende decidir.

El porcentaje que deja fuera a las personas sinceras

Prueba este cálculo hipotético: entre 1.000 respuestas hay 100 mentiras y 900 verdades. Un método detecta el 90% de las mentiras y señala incorrectamente el 10% de las verdades. Produce 90 sospechas acertadas y 90 falsas. De las 180 respuestas señaladas, solo la mitad son mentiras.

Esos porcentajes son supuestos del ejemplo, no la precisión medida del lenguaje corporal. Explican por qué necesitas conocer ambos tipos de error y la proporción inicial de mentiras. Una recopilación de criminales mostrando nervios no incluye a las personas inocentes necesarias para calcularlos.

Qué pedir antes de creer un análisis

Busca la pregunta original, una secuencia suficiente y una afirmación específica que pueda comprobarse. Después pregunta cómo se estableció la verdad del caso y si quien interpretó la conducta ya conocía el resultado. Esa información cambia el valor de un aparente acierto.

Una prueba más fuerte usaría personas nuevas, criterios fijados de antemano y evaluaciones sin conocer la respuesta. También demostraría qué añade el gesto a lo que ya revelan las palabras y el resto de las pruebas.

Puedes describir que alguien se giró después de una pregunta. Afirmar que buscaba escapar porque mentía añade intención y una conclusión sobre el relato. La observación puede quedarse en una pregunta útil mientras reúnes lo necesario para dar esos pasos.

Para tu próximo episodio

Puedes preguntar por un estudio, una grabación o la interpretación de un gesto. No envíes grabaciones privadas ni documentos personales.

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